26 de marzo 2020 La primera vez que tomé una cámara e hice un retrato, observé en los ojos de las personas a quienes fotografiaba el miedo que sentían porque que se les “robaba el alma”, se les “robaba la mirada” y se les robaba la sencillez de su vida. Esto me impactó y me hizo recordar cuando por primera vez ví a San Pedro la Laguna vacío debido al toque de queda… mi pueblo normalmente lleno de vida estaba en silencio… recordé que mis papás me contaron que cuando ellos vivieron la guerra civil -entre los años 1960 y 1996- ese silencio y el sistema injusto les provocaba mucho miedo al punto de sentir que podían ser secuestrados. Hoy, muchos años después, vivimos un nuevo toque de queda, con la diferencia de que nosotros tenemos acceso a internet, televisión incluso a escuchar música y hacer reuniones religiosas en nuestras casas. Este no es el primer toque de queda que vivimos aquí; sin embargo, este toque de queda nos pide que nos quedemos en casa; en los anteriores toques de queda no bastaba con quedarse en casa, más bien entraban a tu casa y se llevaban a tus familiares y los hacían desaparecer en medio de una tremenda crisis que marcó a varias generaciones con dolor y tristeza -por la posibilidad de no poder ver tus familiares- , pero también con indignación y deseos porque las cosas cambien. Con el COVID-19 sucede lo mismo: si tienes el síntoma, te llevan de tu casa, te aíslan; si mueres, te queman o te entierran sin incluso poder despedirte de las personas a quienes amas… Todo parece repetirse: peor aún, la desigualdad producida por el sistema injusto, se ha agravado. Hoy, cuando camino por las calles, documentando el silencio, escucho con claridad que hay temor y tranquilidad al mismo tiempo; que hay indignación y esperanza; que mi pueblo sigue adelante y sobrevivirá.